Están pasando hartas cosas en Chile.
Como que la gente dice que nuestro país despertó.
Yo lo comparto en cierto sentido,
aunque creo que hace falta un despertar más profundo
[pero eso no es tema para este post].
Y me ha pasado que este despertar me pilló un poco sin lugar.
Ya no soy estudiante, y el paro no me afecta mayormente.
No soy trabajadora, no tengo asociación gremial, no estoy colegiada, no soy psicóloga.
Pero tengo conciencia.
Tengo ideas.
Tengo posturas.
Y este despertar me pilló en una época de metamorfosis.
Y de cuestionamientos.
Un cuestionamiento bien profundo.
De por qué hacemos las cosas que hacemos siempre igual, como si no hubiese una alternativa.
Como si lo instituido hubiese estado siempre así.
Como si no pudiese pensarse de otra manera.
Y lo he pensado en múltiples áreas.
Desde mi clínica con niños.
Las intervenciones que se hacen en ese espacio.
Sus efectos.
Las demandas hacia el psicólogo.
El modo en que las abordo.
El modo en que no.
¿Por qué siempre así?
¿Acaso no existen alternativas?
[Y es raro porque desde el lugar de la resistencia siempre estamos en ese cuestionamiento.
Pero quizá hace falta llegar cuestionar incluso eso]
También lo he pensado en relación a la forma en que actúo.
En la cotidianidad.
En la valoración que tenemos acerca de los momentos.
Los espacios.
La gente.
De este sistema que está tan instaurado que pareciese que no hubiese forma de evadirlo.
[Violencia simbólica y secundaria]
Pero está bien que estas cosas pasen.
Está bien que lleguen estos puntos de inflexión para pensar las cosas que usualmente no podemos pensar mucho.
Porque no las vemos.
Porque estamos demasiado ocupados.
Y demasiado metidos en el sistema.
Demasiado agarrados por su ritmo.
Y demasiado enceguecidos por su modelo.